Guerra

La siguiente entrada es una corta poesía que realicé en un taller de escritura el año pasado.


 

Guerra

La relatividad,

entre el bien y el mal

presente en contienda,

sin ninguna piedad.

 

Bandos en guerra,

se presentan en choque,

el inocente a su vida se aferra,

el militante hace derroche.

 

Todos como guerreros,

vamos tras nuestra idea de paz,

quizás sin realizar,

que somos de la guerra reflejos.

 

Zombis Digitales

Este microrelato forma parte de un libro llamado : Preludio de un taller de escritura al que pertenecí. 

Cuando hablaban del apocalipsis zombi jamás evité reír. Hasta que todo empezó y todos estábamos siendo infectados. Con un simple aparato, que nos implantaron sin tener que ser forzados. Lo adoptamos en nuestras vidas y como ameba nos consumió el cerebro y parte de nuestras almas.

Hoy como zombis, moramos en un mundo digital, hambrientos de aceptación frente nuestra nueva irrealidad.

Tocando el cielo

La idea del niño de lo que era el cielo, es que era un lugar de nubes de algodón, en donde podría cantar y jugar todo lo que quisiera, sin tener restricciones, sin estar cansado.

Así me dijo muchas veces, cuando le vi en su camita, allá en su prisión hospitalaria.

Cada día se sentía mas cerca, decía.

Y aunque el cielo nos parecía hermoso, él se sentía más cerca y yo lo deseaba más lejos.

Hasta que ocurrió lo inevitable.

Y el niño se acercó demasiado.

El Gato y su suerte

cat-319699                                                                                                                                                                  pixabay.com

Sobre la rama del árbol más grande del bosque, habitaban  en su nido un ave de Juí* con sus crías, quien los alimentaba y luego les contaba historias. Historias acerca de lugares y cosas que veía cuando volaba por el bosque en búsqueda del alimento de sus pequeños.

– ¿Mami, qué has visto hoy? –  preguntó con entusiasmo una de las pequeñas aves, mientras movía alegremente sus pequeñas alitas.

–  Hoy me encontré con un gato que vive en una casucha muy cerca de aquí. Si lo vieran; duerme calientito en un nidito frente al fuego, no tiene que buscar comida, porque tiene siempre en su tazón y todas las noches, alguien lo acaricia hasta que se queda dormidito. – Comentaba  la brillante ave, mientras alimentaba a sus criaturas. –

Una de las avecillas, miraba a su madre con un brillo peculiar en sus ojos.

–  Quisiera ser un gato, mamá. Quisiera no tener que ir a buscar mi comida cuando crezca y no tener que dormir a veces bajo la lluvia como lo tenemos que hacer nosotros. – dijo el pequeño de ojos brillantes.

–  Ni siquiera sabes que es un gato. – comentó otro de los polluelos.

–  Cállate –  le contestó el primero.

–  No peleen niños.  No quisieran ser gatos… Nosotros, a diferencia de ellos, somos libres. Ellos solo se arrastran en la tierra.  Quizás por eso es no le simpatizo mucho. Es un cascarrabias, pero, no hay por qué juzgarlo. Una vida sin sentir la brisa del viento, sin ver las nubes como lo hacemos nosotros, sin poder recorrer altas distancias e ir a donde queramos;  no es vida. –

Y con esas palabras, la madre abrió sus alitas, y se arrebujó con sus polluelos y en familia resistieron el frío de aquella tarde, aunque seguros, en los brazos de su madre, como siempre había sido. Desde el día que habían abierto sus diminutos ojitos.

El tiempo pasaba. Cada día, la madre, en la mañana salía en la búsqueda de alimento para sus pequeños. Y cada vez que ella regresaba sus hijos le preguntaban insistentes sobre aquella criatura a la que su madre llamaba gato.

–  Hoy no pude salir muy lejos por que comenzó a llover, entonces decidí ir donde el gato, porque siempre tiene comida. Y se le veía fuerte y regordete, durmiendo frente a su tazón repleto de pepitas. Y pude tomar un poco de ella prestada para traerles ustedes.

–  Siempre tiene comida. ¿Mami,  porqué el gato tiene tanta suerte?

–  No sé si sea suerte mis pequeños. Pero algo si noté raro. Algunos ratones se veían asustados.  Me dijeron, que no me acercara más al gato, porque era malo, y los perseguía.

– Pero mamá. ¿Si el gato es malo, porque vive tan bien?

–  No lo sé. Pero no volveré nunca a su casa. Y ustedes prométanme que no irán jamás.

– Te lo prometemos, mamá. – dijeron los pequeñuelos en coro.

Más tarde, los polluelos habían crecido. Ya sabían volar sin problemas y uno de ellos escapó. Para ver al gato y preguntarle por qué tenía tanta suerte. La joven ave Juí voló rápidamente hasta que llego al hogar del felino.

La gorda criatura dormía plácidamente frente a su tazón de comida como era acostumbrado para él. Por lo que el ave vio, la descripción era igual a la que le habida dado su madre. La avecita movió sus alitas y se acercó al gato. Voló cerca de su cabeza, y con su piquito tiró de los bigotes del felino, para así despertarlo.

El gato, aún medio dormido, movió su patita, y con sus uñas muy afiladas, lastimó la alita del juí.

Con su alita lastimada, el ave ya no podía volar. Solo brincaba de lado a lado, y lloraba buscando a su mamita.

Su mamá se encontraba lejos, pero ya conocía a su hijo bastante, y sabía que él iba a querer conocer al gato. Y aunque ella se había prometido que no volvería a aquel lugar,  por su hijo lo hizo.

Aterrizó en el suelo frente a su pequeño y le dijo:

–  Has perdido las nubes, has perdido la sensación del viento sobre tu piquito, pero a cambio tendrás las cosas que desde muy niño querías. Has querido ser gato, y aquí la vida te trajo.

–  Perdón mamá, te debí haber escuchado. Ahora no podré volar contigo– dijo la avecilla con su cabeza baja.

–  Pero la vida aquí no acaba, algún día, quizás alzarás nuevamente tu alas y volaremos juntos.

–  ¿Pero, mamá cómo podré encontrarte?

– No te preocupes mi niño. Ahora, ambos seremos gatos. Hasta que estés listo para ser un ave.  Y luego viajaremos juntos por el cielo infinito.

 

*Juí – Ave endémica de Puerto Rico